Le llaman pesadilla

19-01-2016 | OPINIÓN | MARTÍN DURAÑONA

Martin Durañona

Cierta ropa cubrió mi cuerpo, desnudo y arqueado sobre una cama de hielo y hormigas coloradas. Nunca pude llegar a mis zapatos que se habían convertido en dos pesados jarrones. Alguien, no sé quién, los agitó como una bandera de un país inexistente, los colores bailoteaban entremezclándose, como miles de patrias dentro de una gigantesca licuadora. Alguien me tomó del brazo, que ya era de metal, aunque blando y crujiente como una hoja de higuera, tal vez, muerta por fines de abril, pero carecía de forma de hoja, -parecía dije-. -“Siéntese buen hombre”, era algo así como una inmensa confitería con miles de personas bebiendo alegremente, algunos se abrazaban y festejaban la buena vida, alguien vomitó, nadie lo observó, sólo un niño que repartía estampitas de San Cayetano, al que se las manotearon y le prendieron fuego una tras una, todas sus estampitas, mofándose del trabajo, mientras el niño desaparecía bajo una baldosa suelta.

El bondi que aguardaba en la parada, nunca asomaba, pero sí lo hizo un desmesurado avión frenando con sus alas y ruedas de cartón, que casi se prenden fuego al dar contra el asfalto. Las filosas uñas de una azafata me condujeron hacia el interior de la nave, -“!qué buena que está!” -dijo alguien clavándole un ojo en el trasero, que ya no era un culo hermoso, sino un aljibe con malvones chorreteándole hacia afuera, que al instante, se convertían en dos hilos de agua que comenzaban a empaparme los pies, que ya no estaban desnudos, alguien, no sé quién, los cubrió con zapatos de fino cuero, formidablemente cosidos, otro, que tampoco sé quién fue, me susurró: -“hechos por los mejores artesanos italianos…”

¡Jamás había visto a mi país desde tanta altura!, -me dije sorprendido. Las playas veíanse atestadas de gente, la arena desaparecía por el incesante hormigueo de esa misma  gente, el mar y la gente, la gente y el mar… repetía como un loro, era hermoso verlos disfrutar, pero el mar mentía, ¿o serían mis ojos?, la inmensa boca del mar, de pronto se los deglutía. –“No son sus ojos, ni es la maldad del mar”, me aclaró el piloto del avión devorándose un sandwich relleno de dedos de azafata, -“¿Y usted no tendría que estar manejando?” -le interrogué asustado -“Se nota que sos un viejo pelotudo y que nunca viajaste en avión…” -advirtióme, despegándose una uña nacarada, trabada entre una muela ocre y un diente enclenque. –“Hoy todo ha cambiado viejo, los aviones se manejan solos y el que puede comer, come lo que se le cantan las bolas”. La soja raspaba la panza del avión, no se puede volar tan bajo, me dije, eran kilómetros de verde, parejito, ondulante al soplar de las turbinas, y la soja ya no era soja, sino  agua nuevamente, me dije, y miré  a mis zapatos que ya no los tenía , creo que sería Córdoba por el fuerte olor a peperina entremezclado con fernet que ingresaba por las ventanillas, que de pronto se fueron convirtiendo en gigantescos vitrales agujereados por el pico de miles de pájaros, que  comenzaban a mortificar sobremanera a los pasajeros, hartos de que estos bichos voladores le picotearan sus alimentos, ahora inútiles, sobrantes, ya no eran personas, sólo estatuillas de celofán apretujados, sin boca ni ojos ni orejas. –“¡Mire a la gente cómo festeja! ¡mire, viejo pelotudo!”, -por el color de los cerros advertí que estaba sobrevolando Jujuy, yo en cambio veía gente llorando, pero el comandante de la nave insistía: _”!Qué llorando infeliz!, están festejando que hace un año tienen en cana a la india Milagro Sala  ¿Ud. no sabe que ahora hay Justicia? ¿acaso no lee los diarios? -sonó terriblemente fuerte esto último, y me impulsó arrojarme por el inmenso ventanal agujereado, con la suicida pero firme intención de abrazar a toda esa gente apenada.

Dí con mi cabeza contra la mesita de luz y desperté confundido. Mal. ¡Ah…! era un sueño, más bien una pesadilla. –Corregí- Al rato, al observar la enorme pasividad de la calle entré a dudar… ¿Habrá sido sólo un sueño? ¿sólo una pesadilla? Mientras arrastraba mis pies alpargatados hacia el baño, volví a interrogarme sobre la exacta ubicación que suelen ocupar en el cerebro, los sueños como  las pesadillas. Es decir, dónde se encuentra realmente acuñada la realidad, la verdad de los hechos, lo verosímil y dónde la fantasía, la mentira. Mirándome al espejo, observo que soy yo, que sigo estando vivo, me pellizco, por fin estoy despierto, pero seguramente lo que no podré descifrar es cuál es el momento preciso en que expiran las pesadillas ¿Cuándo?

 

Comentarios: