24-02-2017 | OPINIÓN | MARTÍN DURAÑONA

En una desértica y abandonada placita de General Rodríguez, donde altos yuyales impedían a los niños ver con exactitud, los juegos, solían encontrarse también, tres viejos jubilados que mataban, quizá sus últimos años de vida, tal vez sus últimos días.

Los tres venían de historias de trabajo bastante similares. Quien no se pasó la vida en los montes santiagueños hachando algarrobos, hombreó bolsas en el puerto como un condenado, o haciendo miles de kilómetros vendiendo chucherías en la vía pública… Cada cual narraba anécdotas de sus tiempos mozos, y comparaban inevitablemente, con qué gobierno la habían pasado mejor o peor. –“En tiempos de Perón yo vivía cerca de Quimilí, allá en Santiago, cuando llegó la orden de que se tenía que cumplir el Estatuto del Peón, el patrón nos echó a todos, antes de aplicarlo .A los pocos días vino y nos propuso que si queríamos seguir hachando, todo iba a ser como era antes, en negro y a destajo”. ­–“¿Y usted qué hizo don Álvarez? –“…y ahí fue cuando me vine pa´ Buenos Aires. Aprendí a levantar paredes y gané buena plata, me compré un lotecito acá en Rodríguez, hasta que voltearon a Perón, y otra vez empezó a venir la mala.

El otro viejo, miraba el suelo y con un palito dibujaba números, haciendo cuentas, mientras se rascaba la cabeza intentando rastrear su memoria. –“Yo no sé si fue cuando estaba el viejo Illia o Frondizi, cuando me vine de Barranqueras, en ese puerto se hombreaba de todo, acá en Buenos Aires la cosa era más repartida, y se ganaba un manguito más. El mercachiflero, mientras, escuchaba atentamente y como un rayo, peló un papelillo y armó un cigarro acomodándose como para largar lo suyo. –“¿Y a ud. don Remigio, cómo le fue en la calle? -Una espesa bocanada de apestoso tabaco, emergió jadeante de la boca del viejo que continuaba mudo. Miró lejos, y como quien suelta un peso agobiante, largó. –“Yo los escucho a ustedes y la verdad, me dan pena. Ese tiempo ya murió, quedó vaya a saber dónde ¡lo que importa es el hoy! ¡El ahora! -y volvió a pitar profundo-. –“¡Nunca nos aportaron un mango viejo!, si no hubiese sido por el Néstor y la Cristina, hoy andaríamos pidiendo limosna por la calle, o humillados bancados por nuestros hijos…. Que tampoco les va bien.

Los otros dos viejos, abandonaron el cruce de piernas y amagaron como para levantarse. Hasta que Álvarez mirando a Ramírez asintieron con la cabeza, advirtiendo que eso estaba por sobrentendido, casi al unísono les contestaron “¡menos mal!”, sin embargo el hombre con más calle, continuó dibujando cifras en la tierra, sumaba, restaba, maldecía, hasta borrar de una patada todas esas cuentas. –“Está bueno… Cristina nos salvó, y ahora este hijo de mil putas de presidente que tenemos, dijo ayer que sólo recibiríamos en el año un aumento del 12 %..! ¿Con la mierda que cobramos qué carajo vamos a morfar? ¡Y los remedios que antes nos cubría Pami,  ahora más de la mitad, lo tenemos que garpar! –“Sí, Remigio, es triste, antes recibíamos dos aumentos en relación al costo de vida y todos los remedios cubiertos ¿y sabe qué? -dijo el viejo zapateando el cigarro muerto- ¿Vio que yo estaba sacando cuentas en el suelo? –“Sí lo hemos visto Remigio ¿para qué se gasta? –“¿Para qué me gasto? Ayer fui averiguar el precio de un 22 corto, y me salieron con que sale seis lucas y media… –“¿Para qué quiere un arma don Remigio? –“ ¿Para qué?” –“¡O lo mato… o me mato!”, esto no da para más amigos.

Volviendo a sus casas, vieron pasar un tren, sus ruedas nunca le parecieron tan oportunas.